Restaurante Alroze en Alicante

Teníamos ganas de probar este local en la calle General O’Donell 3 de Alicante. En pleno centro, junto al Corte Inglés, una arrocería siempre es una apuesta casi segura ante las pocas opciones de comerse un buen arroz en esta zona, más aún si está Riquelme en la cocina.

El local no es un alarde de decoración ni diseño, aunque es complicado en espacios estrechos, alargados y con poca fachada para lucir. Entras dejando la barra a mano derecha y al fondo se abre un salón algo más amplio, pero con escasa iluminación al ser todo interior. La distribución de la cocina a la derecha y los baños con poca separación con el salón no ayuda a darle calidez ni intimidad al comensal.

Tras echarle un vistazo al menú del día (jueves), nos pareció algo caro para lo que ofrecían. Por 29€ esperas algo más que ensaladilla y embutido entre los 3 entrantes. Por lo tanto, nos decantamos por pedir un par de entrantes y un arroz de la carta.

Empezamos con 4 merlucitos en tempura (3,5€/unidad). Unos tacos de merluza rebozada, buenos, aunque la fritura no quedó del todo limpia y un final algo aceitoso. El pescado jugoso y perfecto de cocción. Seguimos con unas gambas al ajillo con huevo en cazuela de barro (14,5€). Gambón grande, un poco seco y algo insípido que gana con la mezcla del aceite, la guindilla y el huevo roto, en su punto de cocción. Plato para mojar pan.

De principal pedimos el arroz con kokotxas de bacalao, gambitas y ajos tiernos (15,5€). Un arroz caldoso perfecto de cocción y que estaba bastante bueno, aunque alejado de lo esperado (no se me pegaron los labios…). Las kokotxas había que buscarlas para encontrar algún trozo. No aparecía ese punto meloso que buscas con esta parte del pescado. La gambita era el primo-hermano del gambón de antes y aportaba más bien poco, así como la poca verdura en forma de ajos tiernos. Tampoco se indica, ni preguntan, si lo quieres caldoso, meloso o seco, y creo que ganaría con otro acabado más trabado. De cantidad, generosa, para repetir un plato. Un fondo sabroso, pero sin ninguna particularidad que te recuerde al nombre del plato. Muy genérico. Para lo que vale, tendría que dar muchas más cosas.

Por último, un flan de miel y azafrán donde no se apreciaba la especia ni en el color, ni en sabor ni en el aroma, donde tendría que brillar. Por lo demás, un flan bien cocido. Pero no dejaba de ser un simple flan.

Para acompañar, aparte de alguna cerveza, pedimos una botella de Pincel, un monastrell de Jumilla muy interesante que acompañó de lujo la comida.

El servicio correcto, aunque cuando se quieren pasar de graciosos rozando el vacile al cliente, se pasan de «cercano». Si quieres hacer la gracia de cómo abrir un salero con tapa pero no te la sigo, cállate. Si sigues la gracia me da la impresión que me estás vacilando y cambia todo lo que habías hecho bien hasta ese momento. El trabajo de sala se basa mucho en detalles.

En total, 42€ por persona. Si la calidad hubiera estado un punto por encima, estaría justificado, pero hay detalles a mejorar que cuesta justificar ese precio.

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