No hay nada como hacer algo sin ningún tipo de expectativa para no volverte defraudado. Siempre sacas algo positivo cuando esperas poco. Y así, lleno de ilusión por llenar mi vacío existencial de novedades gastronómicas tangibles, me fui este año a IFA. Este es mi resumen:

  • Qué gusto da ver siempre a los mismos cocineros año tras año. No fallan. Repiten incluso los platos que llevaron en otras ediciones. Da gusto ver que no solo llegan al éxito, sino que se mantienen. Será porque el público sigue mostrando interés.
  • Me encanta ver a los presentadores de ponentes en los escenarios. Muchos de ellos también repitiendo en las mismas palestras año tras año. Incluso repitiendo en los escenarios de organismos oficiales que son los que pagan mejor. O por lo menos los que luego compran mejor. Aunque impagables son los momentos de silencio con el cocinero en plena faena y el presentador aguantando el micro sin saber qué decir o qué preguntar. Magníficas esas preguntas íntimas y profundas, llenas de sesudo contenido gastronómico, del tipo “¿cuánto le queda al arroz?, ¿todo te viene de tradición familiar, verdad?, ¿usas mucho el producto local y de kilómetro cero? o ¿cuáles han sido tus referentes?”. Exprimen el conocimiento del ponente. Puro espectáculo comunicativo. Seguro que han sacado fotos suficientes para llenar las RRSS el resto del año.
  • El paseíllo de políticos también ha sido útil… para las fotos. Muchas. Aunque han faltado grandes estrellas Michelín para completar el photocall con la categoría de una feria gastronómica de postín. Pero no hacía falta porque IFA es “la mayor feria gastronómica de España”. ¿Para qué traer a grandes cocineros si tienes a Arkano o al agroyoutuber Miquel Montoro? Tienes los likes asegurados. Aun así, 40 Estrellas Michelín y 60 Soles Repsol. ¡Baraaaato!
  • Además podías ver al gran gurú de “Lo Mejor de la Gastronomía” paseando como uno más por la feria, con su camiseta y gorra a modo explorador, una Dora la Exploradora sin mochila pero a la que no le faltaban muchos Botas alrededor dando palmas y saltos, además de algún Swiper que quería robar algún contrato futuro. La feria como creadora de grandes sinergias entre profesionales.
  • Mención especial a los organizadores. Eran las estrellas de rock en un ambiente que dominan a la perfección. Alguno con su chaquetilla de chef, aunque lleve un tiempo sin cocinar. Pero da caché y estatus. Muy bien pensado por su parte el jardín de Marmarela. Ya no solo había que esconderse en stands de amigos a beber gratis. Había una zona habilitada, espaciosa y con mucho más público para hacerlo. El mayor negocio del fin de semana, sin duda.
  • Talleres, catas y charlas de todo tipo. Útiles, formativas, con contenido y sin ninguna puntualidad, con un calor sofocante y un ruido insoportable. Pero lo importante era estar y sacar siempre algo bueno… y gratis. Aprender nunca fue tan barato. Lo más útil de la feria, de largo.
  • Un túnel de vinos reducido, con mucho vino y pocas opciones, con vino blanco caliente cuando abrían por la mañana e información con formatos válidos para la feria de 1987, además de incompletos y a medio escribir. Pero por 10€ más 2€ de copa (que te llevabas a casa encantado) imagino que no se podía pedir más. O sí… pero se podía beber mucho. Eso es positivo.
  • También es bueno ver la capacidad de reacción de muchos ponentes, expositores, organizadores. Porque cuando algo no funcionaba, giraban la cabeza para todos lados y buscaban como locos a los chavales de los CdT y escuelas de hostelería que daban apoyo en todos los rincones. No hay nada como tener mano de obra gratis para poder exigirles responsabilidades. También es que iban a pillar. Eso de poner año tras año fuegos de inducción a los grandes chefs, que no saben encenderlos y deben estar ahí los del CdT para gestionar esa tecnología moderna. La tradición manda con fuego vivo de gas o sarmiento. Y los pobres responsables de los centros, corriendo de un lado a otro buscando a sus pupilos, dignos de mención y toda mi admiración. Esa capacidad de no mandar a la mierda al evento entero (este, los pasados y los futuros) con tal de foguear a los alumnos es para enmarcar. No sé si útil, pero imagino que son lentejas… 
  • Eso sí, me ha encantado ver a gente que sigue apostando por su libro, aunque lo adapten. Algún cocinero que participó de estos chiringuitos, renegó de ellos, volvió a vender su cocina y ha vuelto a hablar de su libro. Hay que saber adaptarse y sacar beneficio en cualquier circunstancia. Los pescados olvidados (y algunos seres) bien lo merecen.
  • También me ha gustado ver cómo los foodtrucks encuentran su sitio. Ya que no les dejan en la calle con la libertad que merecen, te monto un festival en mitad de tu feria y le doy sopas con ondas a los restaurantes que no saben qué es eso de la comida callejera. Cada uno tiene su sitio y ya es hora que los foodtrucks conquisten su espacio al aire libre. Solo beneficia al conjunto. Otra lección de Alicante Gastronómica poniendo en valor ese derecho de los profesionales del street food.
  • Preciosos la mayoría de los stands. Qué despliegue. Los que pagan la millonada que vale estar (a los que se les cobra, claro), todo el mérito. Negocio no sé si harán, porque entre que abren cuando les parece, están cuando pueden/interesa y el producto muchas veces brilla por su ausencia, es complicado valorarlo desde fuera. Eso sí, quejas al vecino en RRSS por no hacer las cosas como debe no han faltado. 
  • Por último, todo mi ánimo y admiración por la Cerveza Althaia. Única superviviente cervecera en la provincia de Alicante con representación en IFA. Cayó hace poco Postiguet y me dijeron que también desapareció Santa Faz. Eran visibles en estos eventos y ahora vienen de Valencia a enseñarnos qué es eso de la cultura cervecera y cómo hacer las cosas todos a una. Otro éxito del congreso: enseñarnos qué bien hacen las cosas las asociaciones en otras provincias y lo útiles que son cuando tienen claro el objetivo (que es el asociado, por cierto).

Y hasta aquí mi resumen. Si me conoces o has hablado conmigo alguna vez más de 5 minutos, sabrás limpiar el texto y separar el polvo de la paja del sarcasmo. Sinceramente, mi visión este año ha sido mucho más tranquila que otros. Antes volvía cabreado, ahora vuelvo ilusionado porque 65.000 visitantes no pueden estar equivocados. El público tiene lo que quiere. No hay nada más bonito que eso para acabar una feria sabiendo que has cumplido con las expectativas.