Restaurante Oustau de Altea

Hay restaurantes que deben ser visita obligada para cualquiera que quiera trabajar en hostelería, bien como empleado, bien como gestor. Además, en este caso, es el ejemplo perfecto de cómo se pueden hacer las cosas en un núcleo turístico de primer orden en la Comunidad Valenciana. Lleno de turistas de todo tipo. El topicazo de “zona de restaurantes para turistas” tirado por los suelos.

El Restaurante Oustau enamora nada más entrar. Un edificio antiguo en pleno casco histórico de Altea (calle Mayor 5), entre calles con subidas, bajadas, más subidas y más bajadas en este pintoresco pueblo. Casi pegado a la iglesia, en la parte alta, entras y ya sabes que la experiencia va a ser diferente. Zonas ajardinadas en un enorme patio interior, terraza semicubierta arriba (que nos indicaron va a ser acristalada en breve), salones interiores acogedores bajo.

Pero más allá de la cocina, de la que luego hablaré, para mí el Restaurante Oustau destaca el personal de sala. En un local de este tamaño, quizá haya sido la mejor experiencia en este sentido que he tenido jamás. Por poner algún calificativo: atento, rápido, servicial, sonriendo siempre (sí, se ve la sonrisa debajo de la mascarilla, los ojos nunca mienten), detallista, simplemente excepcional… lo que pueda decir se queda corto.

Y la comida acompaña al conjunto. Cocina francesa, sin el exceso histórico de mantequilla que caracteriza estas recetas. Empezamos con una quiche con bacon y gambas “Miami Vice” (el tema de las referencias a películas, series y actores de los platos no lo acabé de pillar). Ese punto cremoso de una perfecta cocción, nada pesada por la nata, con el equilibrio de sabores de los ingredientes exacto. Una receta sencilla muy difícil de encontrar ejecutada tan bien (siempre excesivamente cocida y pasada). Seguimos con el crepe de pato “No time to die” (aunque era finalmente de ternera, como nos advirtieron) con foie gras y bechamel de manzana. De nuevo, perfectamente hecho, con la masa en su punto tanto de cocción como de grosor y un relleno que te llenaba la boca en cada bocado. La salsa untuosa pero a la vez ligera.

Como principales, un filete de dorada “Tarantino”. Realmente dos, grandes, perfectamente cocidos, con un relleno hecho con carne de Xangurro desmigada. Acompañado de verduras y de un puré de patata de los que presume la cocina francesa. De carne, elegí el magret de pato “Angry Birds”, acompañado de una salsa de arándanos y leche de coco y unas peras. Complementos clásicos para una carne que pedí poco hecha y salió tal cual, quedando tierna, jugosa y sabrosa.

De postre, como no podía ser de otra manera, un crepe Suzette flambeado en mesa con licor de Cointreau y acompañado de una bola de helado de vainilla. Fin de fiesta con el que acabas inclinando el plato y rebañando con la cuchara. Ese juguillo del helado derretido con el almíbar de Cointreau final es pura gula golosa.

Para beber, empecé la comida con la “Mediterranean Lager” de la cervecera Althaia que fue de lujo con los entrantes. Una lástima no tener alguna referencia más de esta cervecera, más tostada y con más cuerpo, para acompañar la carne. La “Cornamusa” (American Amber Ale) o la «Cap Blanc» (American Pale Ale) le hubieran ido de lujo al pato. Y puestos a ponernos golosones también con la carne, la “Rabosa” (Pumpkin Ale) sería un juego chulo.

En resumen, cuando sales de un restaurante sin absolutamente nada que objetar, admirando el trabajo de sala, con una sonrisa por lo bien que has comido y por lo bien que te han tratado, en lo único que piensas es cuándo volver. Recomendar, no dejaré de recomendarlo.

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