Restaurante Las Palomas en Arenales del Sol

Cuando pienso en un restaurante clásico, siempre me viene a la cabeza el restaurante Las Palomas en los Arenales del Sol (Elche). Con todo el aire de los grandes mesones castellanos, de esos con horno de leña, sala clásica, decoración castiza y calidad basada en la tradición y en un producto de diez. Como no podía ser de otra forma, su cocina gira en torno a las carnes a la brasa desde 1970. En su momento iba mi abuelo, después mi padre y ahora soy cliente habitual año tras año y nunca ha fallado.

La única pega de todo este clasicismo es que el local, poco a poco, se va quedando anticuado. No en vano, está situado en uno de los primeros edificios que construyeron en esta pedanía ilicitana, pero mantiene el encanto para los que somos de la zona, apoyando la decoración en fotografías de cómo era esta playa en los años 70-80. Toda la planta baja del edificio pertenece al restaurante, que se divide en varios salones, algún reservado, con mesas amplias y cómodas, lo que le hace ser un sitio ideal para alguna comida o cena más formal.

Tan clásicas como el local han sido mis peticiones hasta ahora. Habitualmente les visito una vez al año, desde hace muchos, y siempre han caído los mismos dos platos. Como entrante una bandeja variada llamada HdO, nombre curioso que nunca he preguntado el por qué del mismo (mantendremos el misterio), que consiste en una parte de fritura (gambusín, calamares, croquetas y pescadilla), otra de embutido (longaniza blanca y chorizo a la plancha) y algunos trozos de mouse de paté. Destaca especialmente el embutido, sabroso y nada grasiento, de muy buena calidad. La fritura bien hecha, aunque las croquetas son de calidad más bien baja.

Pero la razón de ir y repetir en este sitio es el plato principal, el Villagodio. Unos enormes chuletones del lomo alto de la vaca que se preparan con el hueso y que sirven fileteados con una enorme ración de unas patatas fritas caseras espectaculares. Una carne sabrosa, tierna, perfectamente hecha a la leña, con el exterior tostado y el interior sonrosado. Para saborearla mezclándola con los trozos de la grasa que le aporta una untuosidad y un sabor impresionante.

Pero esta última vez nos salimos del guión porque ya llevábamos tiempo con ganas de probar su también famoso cochinillo. Por no entrarle directamente al gorrino, pedimos un par de platos para ir abriendo boca. Nos sugirieron, en primer lugar, una ensalada de lechuga con salsa de ajo, receta tradicional de la abuela del actual dueño y que preparaba siempre como preludio del asado. Intensa, fresca, potente, con punto picante. Muy buena. Para no quedarnos en eso, una bandeja enorme de cecina de ciervo de Toledo aliñada con aceite y tomillo. De su suavidad y sabor podría hablar mi hija que dio buena cuenta de ella. Otro imprescindible para próximas visitas.

Y llegamos al cochinillo. Uno entero para 6. Cantidad perfecta. Sólo sobró un trocito que nos llevamos. De guarnición, como con el Villagodio, acompañado de unas magníficas patatas fritas caseras. La carne estaba en su punto. Tierna, jugosa y melosa por dentro, con una piel crujiente perfecta por fuera. Un gran trabajo de horno, fruto de la experiencia. Mucho nivel.

Es complicado llegar con ganas a los postres, pero siempre suele caer alguno. Para mí hay uno que destaca sobre el resto: la tarta de manzana, que sirven con unas natillas caseras para echarle por encima. Dos postres en uno. De campeones después de la carne. Tampoco están mal las tartas, sobre todo la de turrón o la de cuajada, con unos sabores suaves que se agradecen tras la comida.

En definitiva, un restaurante donde la calidad y la cantidad de comida lo hacen ser un imprescindible para darte un homenaje carnívoro. Dos imprescindibles, el Villagodio y el cochinillo, para repetir tantas veces como quieras. Con algún plato más de aperitivo y algún postre, si llegas, lo convierten en un local válido para cualquier ocasión.

Artículo original publicado en el diario La Verdad de Alicante el domingo 29 de mayo de 2016:

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