Hoy nos vamos de viaje fuera de la provincia de Alicante. Nos toca una escapada a la parte albaceteña de la Sierra del Segura. Más en concreto, a unas casas rurales que hay en la carretera que va de Elche de la Sierra a Férez. Son las Casas Rurales del Abuelo. Un paraíso de naturaleza y gastronomía entre pinos, olivos, almendros y chopos. Ahí va mi experiencia vivida junto a 8 amigos y 6 niños.

Una buena carretera comarcal rodeada de montañas pero sin excesivas curvas nos llevó hasta un punto donde asomaban unas casas blancas. Era nuestro destino. La tarde lluviosa dejaba ver poco del entorno, salvo picos de montañas cubiertos de nubes bajas. Cuando levantó la niebla la mañana siguiente pudimos ver lo que nos rodeaba. Montañas y más montañas entre las que discurre el río Segura. Una finca de 5 millones de metros cuadrados. Para gente de secano como yo, un paisaje impresionante.

El complejo consta de 5 casas adaptadas al número de personas que las reserven (de 2 a 8 personas). Nosotros reservamos una de 8, de cuatro habitaciones para cuatro parejas, aunque con las camas supletorias que nos pusieron, nos metimos 14. Dispone de un comedor social donde pasamos buena parte del tiempo compartiendo espacio con el resto de inquilinos. Además tienen piscina climatizada con jacuzzi, solárium, local con diversos juegos (ping-pong, futbolín), camas elásticas para niños y un hinchable. Poco más que pedir para una escapada en familia.

Bueno sí. Yo pedía algo más. Probar la comida. Y aquí es donde me ganaron. Por el precio de la casa tienes una especie de pensión completa (excepto los meses de verano), donde incluso el domingo nos prepararon el desayuno. No faltaba de nada. Grifo de cerveza para que pudieras servirte la que quisieras, junto a una bandeja de embutidos para acompañarla. Desde morcón hasta chorizo, pasando por longaniza, sobrasada, etc. Cada cual mejor.

Desde el viernes por la noche, y casi sin descanso, permanecieron encendidas dos enormes barbacoas, ya que la carne por la noche circulaba que daba gusto verla. El viernes, chuletas y careta de cerdo, además de panceta. Algo para empezar fuerte y dejar claro lo que teníamos por delante.

El sábado por la mañana, antes de comer, morcilla y oreja a la brasa. Espectacular el toque picante del embutido. Tras este ligero aperitivo, teníamos un cocido con pelotas que no se lo saltaba un galgo. Además, de esos preparados con fundamento. De los que en cada cucharada se llegaban a pegar los labios. Pero en ningún momento resultaba pesado. Realmente impresionante. Para la noche del sábado los propietarios nos dejaron el embutido fresco, longaniza blanca y roja, además de morcilla para hacer en las brasas. Pero el plato estrella fueron unos hígados y asadura (pulmón y corazón) hechos al ajo cabañil (con ajo, vinagre y aceite) y acompañados de unas patatas a lo pobre. Sí, algo ligerito para cenar. Pero habíamos ido a jugar. ¿Quién dijo miedo? Estábamos allí para disfrutar. Y lo hacíamos como enanos.

El domingo por la mañana aparecieron dos señoras para hacernos empezar el día con ganas. Y nos hicieron al momento unos magníficos buñuelos con chocolate. Perfectamente fritos, nada aceitosos. Demasiado fáciles de comer. Cayeron muchos. Tras un paseo por el monte en el que pudimos ver un grupo de ciervos, llegamos a la hora del aperitivo. ¡Por fin pescado! Dos enormes platos de hueva y mojama. Lo que te hacía beber más cerveza y vermut. Y para acabar con el salazón, te ponías más bebida. Y para acabar con la bebida, comías más salazón. Un círculo vicioso del que era difícil salir. Pero llegaba la hora de comer. Un arroz con costilleja y pollo, muy bueno de sabor, aunque algo meloso y pasado de más. Pero la calidad de la carne suplía la falta de punto del arroz. A estas alturas, tampoco estábamos para ponerle pegas a nada. De postre, tras unos trozos de fruta que con la carrera que llevábamos casi ni probé, llegaron unas torrijas y unas berlinas rellenas de crema. Se hizo un esfuerzo y se dio buena cuenta de ellas porque estaban realmente buenas.

En resumen, no sé si volvimos en coche o rodando, creo que fue más lo segundo. Pero todos volvimos con una cosa clara: si lo peor que podíamos decir del sitio es que nos había costado adaptarnos al grosor de las almohadas, es que había sido una experiencia para recordar. Unas casas gestionadas por gente con la clara intención de hacerte volver. Donde lo que más se oye por su parte es “que no falte de nada”. Serviciales, amables, educados, atentos, con ganas de hacer las cosas bien. Sin duda, volveré.

Artículo original publicado en la edición en papel del Diario La Verdad de Alicante el domingo 8 de mayo de 2016:

CASAS RURALES DEL ABUELO (Dirección: Paraje el Collado Alto – Ctra. Elche de la Sierra – Férez, km 10, 02436 Férez, Albacete Teléfono: 699.03.54.70)