Restaurante Pintxo Kalea en San Juan

Hace unos meses ya os conté la historia de este restaurante desde las páginas del Diario La Verdad (aquí podéis volver a leerla). Cómo se reinventaron para poder sacar adelante un negocio con muchas posibilidades, como se ha demostrado. Pero hoy simplemente os voy a contar mi última visita al restaurante Pintxo Kalea. Lo que comimos y cómo se confirma como referente para comer carne y, sobre todo, comer cualquier cosa que a Diego López se le pase por la cabeza meter entre las brasas. Un maestro en este arte del fuego.

Así, fuimos 5 adultos y tres niños. Elección fácil si vas con peques ya que tienen un parque de bolas junto al restaurante, además de unas camas elásticas. Si quieres darles más cuerda a los niños, el parque aledaño te dará posibilidades para verlos correr. Si a esto sumas un menú infantil bastante interesante por 10€, el conjunto de virtudes para ir con niños aumenta.

La carta es muy extensa, por lo que para no complicarnos, decidimos pedir un “menú sidrería” para dos personas, completándolo con algunos platos que nos recomendaron con mucho acierto y que fueron intercalando con el menú.

Empezamos con una cortesía a base de chorizo de Wagyu, queso parmesano y unas tostaditas de pan. El embutido sorprendía por ser suave, tierno, sin los excesos de un chorizo normal.

El primer plato del menú fue una enorme ensalada de ventresca. Un mezclum de distintas lechugas acompañado de unos magníficos lomos de ventresca de atún y trozos de tomate. Además, unas tiras de pimiento rojo asado y, lo que más me gustó como contraste, unos trozos de queso curado. Mezcla sencilla pero de sabor impecable.

Tras esto, el primer plato fuera del menú, una espectacular sepia a la brasa con habitas y jamón. El toque ahumado de las brasas iba a ser un denominador común en todos los platos, lo que daba un toque de calidad excepcional a un producto ya de por sí magnífico. La sepia, tierna y sabrosa. De las mejores que he probado últimamente.

Volviendo al menú, trajeron lo que para mí es uno de los imprescindibles del restaurante, la tortilla vasca. Hecha con bacalao confitado en su pilpil, con cebolla, poco cuajada. Tortilla que pide pan para mojar y apoyar.

Salimos de nuevo del menú para probar, quizá, las mejores setas que me he comido. Hechas también a la brasa, en una cazuela de hierro, salteadas con foie. Simplemente sublimes. Me habría comido toda la ración yo solo.

Y finalmente llegamos al plato estrella del menú y de la comida: un chuletón de Wagyu. Servido muy poco hecho, bien torrado por fuera y crudo por dentro, perfectamente reposado para que se asienten todos sus jugos. Servido con un plato cerámico muy caliente para que cada uno lo haga a su gusto y acompañado de un par de sales en escamas. Carne sabrosa y tierna. La calidad de la grasa se podía disfrutar tanto en la parte infiltrada en la carne como en los trozos que la envolvían que, pasados por la piedra caliente, se tostaban quedando perfectos para acompañar a la carne o a un simple trozo de pan.

Sin hambre llegamos al postre. Un par de cuajadas con miel y nueces eran las que entraban en el menú. Muy buenas. Suaves y enormes, servidas de forma original en unos pequeños cubitos blancos. Además, pedimos una crema quemada de chocolate con helado de menta. Una versión del after eight de Nestlé con un chocolate intenso en una crema perfectamente hecha y un helado de menta fresco, servido en un pequeño recipiente (aunque bastante incómodo para comerse el helado en él).

Como ya conté en su momento, el servicio en este restaurante me parece impecable. Quizá algo más lento que otras veces, pero algo comprensible al tener el restaurante lleno. En ningún momento hubo esperas excesivas, lo que habla muy bien del trabajo de coordinación entre sala y cocina.

Toda la comida la acompañamos de varias cervezas, agua y una botella de tinto Baigorri. Especialmente interesante me pareció la carta de vinos, clasificados por tipo de uva, no por denominaciones o regiones. Es una buena forma de enfocar más los gustos del cliente y salirse del manido “Rioja o Ribera”, basando la elección en el tipo de uva que más te guste. Es una manera de educar e informar al cliente. En total la cuenta quedó en poco más de 30€ por cabeza.

En resumen, restaurante imprescindible para comer carne, quizá el mejor que conozco en la provincia, a falta de seguir probando algún local pendiente por la provincia (La Vaquería o Ca Joan). Pero sin duda uno de los mejores tratando la leña, brasas y fuego. Y una gran virtud: es un restaurante perfecto para cualquier tipo de comida o cena, sea de negocios, romántica, con niños… No fallas.

Puntuación:

(AQUÍ LA EXPLICACIÓN DE LAS CATEGORÍAS)

Visibilidad Empresa: 8,5

Instalaciones/Ambiente: 8,1

Servicio: 7,7

Cocina:

  • General: 8,7
  • Postres: 7,3

Relación Calidad/Precio/Placer: 8

Nota media: 8,2

 

También puedes encontrar opinión de este restaurantes en los blosg de unos buenos amigos:

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