Restaurante en la carretera que une Gata y Llíber, en el km5, junto al valle del Pop entre pinadas realmente espectaculares, siendo una magnífica ruta para hacer en bici, moto e, incluso, buscar rutas para hacer senderismo. Disfruta de la carretera y no vayas muy rápido, porque no hay señales hasta la misma puerta y, estando algo escondida la casa, te puedes pasar fácilmente.

Local sin carta, te van a decir de palabra todo lo que tienen. El sitio es para ir sin prisas. No hay que esperar un servicio excepcional ni un trato especial. Eso sí, todo con cercanía y bien aconsejado. Confía y déjate llevar por el producto que te ofrezcan. No te vas a llevar un susto en la cuenta. Además, te dirán “te estás pasando” si pides demasiado.

Como entrante, para mí es imprescindible la ensalada. Te la sirven “desmontada”. Por un lado encurtidos con olivas, pimiento y raïm de pastor. Por otro el tomate con cebolla, de esa que hacía mi abuela con sal, bien estrujada, dejando que suelte el picante durante un par de horas y dejándola tierna. La parte verde llegará con un buen plato de llinsons (Taraxacum Offcinale), también conocido como diente de león, simplemente con un buen aceite y sal. Otro plato de pepino aliñado y el último con lechuga y granada. Puedes mezclarlo todo en tu plato o ir descubriendo los auténticos sabores de una buena ensalada de forma individual.

Alcachofas a la brasa, espencat, pulpo, sepia, el famoso bull (guiso de atún), embutidos de Jalón, verdura a la plancha… otras opciones como entrantes. Todo de cercanía. Si algo tiene la comarca de La Marina Alta es unos ingredientes que mezclan el mar y la montaña con mucha calidad.

Como plato principal probamos el arroz al horno, realmente bueno y sabroso. Lo hacen incluso para una sola persona, en un perol individual. Todo un acierto por si sólo tiene uno el capricho. También tienen con fesols y naps, de verduras, conejo…

Pero si vas a les Terrasses es imprescindible pedir sus cocas. Tenemos que dejarnos de tantas pizzas y descubrir las cocas de la Marina Alta hechas en horno de leña. Pudimos probar la “mullaor” con berenjena, tomate y embutido. Y una muy interesante de higos, anchoas y pipas. Mezcla espectacular de dulce/salado que no dejará indiferente a nadie. Muy recomendable.  Tienen muchas más opciones como la de cebolla, de sardina, de guisantes…. Así que habrá que volver porque se me han quedado varias pendientes.

Para terminar, de postre, nos fuimos a dos muy tradicionales. La tarta de calabaza, gran sabor pero nada pesada. Y algo que no se suele encontrar en restaurantes, que es el arrop i tallaetes. Para quien no lo conoza, receta que antiguamente podías comprar en casa gracias a los vendedores ambulantes que ofrecían a gritos el contenido de sus recipientes desde la calle. Es un almíbar muy concentrado de mosto de uva, quedando muy dulce y oscuro (el “arrop), al que se le añade trozos (les “tallaetes”) normalmente de calabaza, aunque se puede hacer también con melocotón, ciruela o incluso la parte blanca de la sandía.

Si buscas un poco por Google verás las maravillas que hablan de la bodega del establecimiento. En mi caso nos decantamos por el vino tinto de la casa. Nada de marcas, nada de botellas de diseño. Botella con vino a granel, subidito de grados pero realmente bueno. Mistela y rollitos, como no puede ser de otra forma, para acabar.

La cuenta final quedó en 31€ por cabeza. Pudimos comer alguno más, porque no nos lo acabamos. Con ganas de volver para probar lo que se nos queda en el tintero. En definitiva, sitio para descubrir con tranquilidad, tanto su cocina como sus alrededores. Sin duda, para volver. Aunque mi madre me contó que yo ya había estado, pero no lo recuerdo. Cosas que pasan cuando era tan crío que no disfrutaba del gran placer de comer bien… 😉