Restaurante La Bora en Alicante

Un domingo al mediodía en el centro de Alicante es complicado encontrar un sitio para comer. Quizá sea algo triste, pero es así. Supongo que todo se enfoca a las zonas con playa, pero el centro de Alicante se queda semicerrado el día festivo por antonomasia. Y por esta razón descubrí un sitio bastante interesante. Se trata del restaurante La Bora, en la calle César Elguezábal 18, junto a la famosa Plaza Nueva (la de la pecera).

Ya estuve en este local, cuando anteriormente era una crepería. Por lo visto no tuvo mucho éxito y ahora se ha convertido en un restaurante bastante apañado. Por referencias de un amigo nos fuimos acercando, tras ir descartando varios locales, hasta que llegamos a la plaza comentada y nos asaltó una chica contándonos las virtudes de La Bora. Ya convencidos, nos fuimos directos al sitio.

Un local totalmente diáfano, cuadrado, con la cocina al fondo y decoración moderna en un espacio con techos altos, lo que da una buena sensación de amplitud. Mesas cómodas, bien distribuidas y separadas. Un ambiente interesante y agradable. La única pega está en una de sus virtudes. El tener la cocina a la vista, de cara al público, siempre me ha parecido una demostración de transparencia y cercanía con el público. Pero si la cocina la tienes literalmente abierta, lo que consigues es llenar el restaurante de olores que, sin resultar desagradables, hay veces que es incómodo.

En la puerta aparecen distintas opciones de menú, pero una vez sentados, el camarero, con poco esfuerzo, nos convenció de probar el menú degustación, describiendo rápidamente los platos y asegurándonos que nos iba a gustar. Así que no había más que hablar. Menú degustación: 14€ (con muchos matices que comentaré luego).

En primer lugar nos trajeron una ensaladilla de capellanes. Una forma original de mezclar la ensaladilla y la ensalada de capellanes. En forma de timbal, una base de ensaladilla con su patata y mayonesa, sobre el que colocaron una capa de tomatitos troceados y capellanes desmigados coronándola. Una buena mezcla a la que le faltaba algo crujiente para redondearla.

Tras esto un pulpo a la plancha acompañado de espárragos trigueros. Muy bueno de sabor pero bastante duro y chicloso. El acompañamiento del espárrago va muy bien con el pulpo, lo que hace un plato muy interesante y sencillo.

Siguió una degustación de pasta. Degustación porque eran platos pequeños, no porque hubiera varios tipos como me imaginé al principio. Unos pequeños raviolis rellenos de ragú de ternera, acompañados de tomate confitado. Buenos de sabor, aunque sosos de sal (tiene fácil solución). Algo escasos de cantidad, aunque suficiente para probarlos.

Tras esto, una buena ensalada con un mezclum de lechugas (sí, ese que ya ponen en todos sitios de bolsa) con unos champiñones en crudo laminados muy finos, queso parmesano, frutos secos y mucho (demasiado) vinagre y aceite. En general, una buena ensalada, tanto en cantidad como en la mezcla de ingredientes, aunque sin ningún secreto especial.

Como plato principal había bacalao. Un lomo de bacalao sobre un hojaldre y napado por salsa de tomate. Muy bueno. Quizá de lo mejor de la comida. El bacalao en su punto tanto de cocción como de sal. Jugoso y con buen sabor. La salsa de tomate muy buena. Quizá el hojaldre pintaba poco en el plato, ni añadía ni restaba, pero no molestaba.

Por último, y fuera de lo que nos había comentado el camarero, nos sacaron unos medallones de solomillo de cerdo acompañados por una salsa a base de nata (salvo cierto sabor a carne no le saqué sabor a nada más) y unas virutas de jamón. Tierno, bien hecho, aunque algo corto de sabor. Quizá con una salsa más “cañera” ganaría más.

Y como postres nos ofreció una degustación para los 5 que éramos que aceptamos, por supuesto. Y fue todo un acierto. Por un lado un helado de mandarina sensacional, fresco, con sabor buenísimo, equilibrado de acidez y dulzor. Por otro un helado de chocolate, bastante bueno, pero sin nada distinto a lo que puede ser un buen helado. Un tiramisú con formato de brazo de gitano muy bueno, con mucho bizcocho (me gusta más el exceso de bizcocho que de crema en los tiramisús, pero eso va por gustos también) y el toque justo de café y cacao. Un brownie de chocolate algo seco aunque bueno de sabor, con el problema de estar alrededor de postres de nivel más alto. Y un coulant de chocolate perfecto, con el chocolate fundido dentro y el bizcocho muy suave.

Todo lo acompañamos de unas cervezas al principio, algún tinto de verano, y como acompañamiento en la mayor parte de la comida nos recomendaron un vino ecológico de Albacete, con un nombre y una etiqueta peculiar, “Remordimiento” se llamaba. Un tinto V.T. de Castilla de bodegas Viña Cerrón. Vino interesante que ganaba conforme se abría en la copa con el paso del tiempo.

Un servicio muy atento en todo momento, agradable y correcto. Atento a nuestros gustos, aconsejando bien y preguntando por cada uno de los platos y vino. Muy buen trabajo.

Como decía al principio, el menú degustación eran 14€, pero sin bebida y sin postre. Estaba indicado. No hubo mala fe. Pero quizá debería estar más claro y, sobre todo, incluir algún postre. Finalmente salimos a 27€ por cabeza, incluyendo una pizza de jamón serrano (no tenían jamón de york) y unas fresas con azúcar (no tenían nata) que pedimos para mi hija. Sin estos dos platos, se hubiera quedado en 25€. Bajo mi punto de vista, un precio aceptable para lo comido, ya que, sin ser una gran cantidad por plato, el conjunto quedó muy logrado.

Ambiente: 7

Servicio: 7

Cocina: 6,5

Postres: 8

Relación calidad-precio: 6,5

Nota media: 7

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