Restaurante One One en Alicante

Ayer volví, después de varios años sin ir, a uno de los restaurantes más pintorescos y curiosos de Alicante. Además, con una cocina espectacular. Es el restaurante One One en la calle Valdés nº 9 de Alicante. Gestionado y atendido por Bartolomé Ramírez, personaje singular, lleva a la máxima expresión la calidad en la comida casera.

Nada más entrar puedes sentirte abrumado por la decoración. No hay centímetro que no esté tapado por numerosos cuadros. No me veo capaz de encuadrar la decoración en una categoría. Mil cuadros que llegan hasta el techo (muy alto, por cierto, al ser un edificio antiguo) con un ambiente, como dicen en su web, “bohemio y parisino”. Desde una estantería con libros, hasta el gallo francés en lo alto de la bodega. No soy muy partidario de este tipo de decoraciones, aunque reconozco la originalidad y que cuadra a la perfección con la personalidad del dueño. Local pequeño, para poco más de 16-18 comensales, lo que lo hace ideal para cenas íntimas, sin grandes grupos.

Mención especial merece Bartolomé Ramírez. Singular a la hora de presentar los platos, sin carta, recitándolos como si fueran apareciendo delante tuya, con un movimiento de manos que interpreta ese desfile de platos que él crea. Fuera de esta interpretación, se ve una persona que disfruta de lo que hace, convencida de la calidad que ofrece, orientándote y sugiriéndote los platos (es un gran vendedor). En definitiva, alguien que vive la gastronomía y te hace partícipe de su pasión.

En cuanto a la comida, sencillamente espectacular. Desde la variedad de primeros platos que hay para compartir, con ensaladas y verduras de temporada, hasta los segundos, con distintas carnes y pescados. Así que nosotros (fuimos 3 personas) nos dejamos aconsejar para los entrantes, poniéndonos dos platos, uno de alcachofas con jamón y foie-gras y el segundo una brandada de bacalao. Buenísimos los dos. Las alcachofas, hechas a la plancha, con lonchas de jamón por encima y, en el centro, un bloque de foie gras. Acompañado de unas rebanadas de pan lactal tostado (de molde). Gran combinación de los tres ingredientes cuando te los metías en la boca. Un plato sencillo y de sabores muy intensos. En cuanto a la brandada de bacalao, la sirve en una cazuela de barro, con una yema de huevo que rompe y mezcla en la mesa con maestría (y ciertos aspavientos), mientras te cuenta cualquier historia que se le pase por la cabeza (no calla en toda la comida, pero en ningún caso te resulta pesado o cansino, más bien agradable).

Como plato principal pedimos lubina, carrillera de ternera y tartar de carne. La lubina, un buen lomo, estaba en el punto de cocción justo, jugosa sin estar cruda, servida en una cama de tomates. La carrillera, tierna, servida con puré de patatas. Y en cuanto al tartar, plato que pedí yo, sencillamente espectacular. Sazonado y especiado en el punto justo, ya que muchas veces estos platos saben a todos los condimentos que se le añaden menos a carne. Servido con un plato de patatas confitadas en dados, que me sugirió me comiera junto a la carne. Buen acompañamiento, aunque la carne por sí sola estaba buenísima.

Por último, el postre, a compartir, ya que los platos principales fueron abundantes, fue una tarta de chocolate negro, con una bolita de helado de café y un tartar de fresas como acompañamiento. Buena, aunque en mi opinión (no del resto de la mesa), el plato más flojo. Estaba muy buena, pero llegar al nivel del resto de platos era muy complicado.

Todo estuvo regado por una botella de vino Viejo Mundo Roble de 2009. Un vino que no conocía pero muy bueno. En cuanto al precio, no es barato, ya que salimos a 92€ los tres, pero totalmente justificados por la calidad y cantidad que comimos.

En resumen, sitio muy recomendable para una cena especial, para dejarte llevar por el dueño, olvidarte de todo y pasar un buen rato. Como se suele decir ahora: cocina de mercado con una calidad magnífica.

Ambiente: 6

Servicio: 8

Cocina: 9

Postres: 6

Relación Calidad-Precio: 8

Nota media: 7,4

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